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KSO | Oye, por cierto, tiene título la historia?

 

 

El protagonista de nuestra historia...

_ ¡Pero un momento! Siento interrumpirte,  ¿como puedes comenzar diciendo, el protagonista de nuestra historia?
La historia la estas contando tú. Yo, sola-mente la escucho. La historia es por tanto tuya y solo tuya.

_ La historia es de los dos; mía porque la cuento y tuya porque la escuchas. Al escucharla la interpretas y redefines en tu cabeza, haciéndola así, propia.


Y es por culpa de tu ansiosa preguntita, por lo que todavía no hemos podido hablar de nuestro protagonista.  Dedicando demasiada energía y tiempo en contestar a tu interpelación, hemos olvidando, que esta réplica es otra historia, y no es, por tanto, nuestra historia. ¡Centrémonos pues!


Nuestro protagonista… ¿Cómo definirlo? Era un hombre, ni alto ni bajo, ni delgado ni gordo, ni pausado ni enérgico, ni alegre ni triste… Nuestro hombre, era pues, un simple hombre.


Todas las mañanas a la misma hora, entraba y pedía un café con leche largo de café, al que siempre le sobraba la mitad del sobrecito de azúcar.


Se acomodaba en la mesa del fondo, tras coger el periódico, comenzaba su lectura por la última página. Todos los días igual, siempre la misma rutina.


Su trabajo, si es que tenia, lo desconozco, al igual que su vida privada, de la que siempre me imagine,  que en el fondo, alguna vida intima tendría.

Lo único que se con certeza es que todos los días a la misma hora, comenzaba su ritual. Café largo de café, poco azúcar y el periódico por el final.


Lo cierto es que no solía prestar mayor atención a las páginas del diario. Tan solo cuando una imagen impresa le absorbía, leía la pagina con entusiasta dedicación.


Siempre me pareció, que en esos momentos disfrutaba…


Que tipo, ese… Nuestro tipo.


A veces se entretenía escuchando atenta-mente, las conversaciones de los habitantes  mas cercanos a su mesa. Mientras, fingía que seguía leyendo el periódico.


Las disfrutaba, igual que disfrutaba leyendo, con la misma intensidad. Estoy casi seguro, que si por el fuera, la mayoría de aquellas conversaciones, deberían estar impresas en las paginas del diario, que esas cotidianas opiniones, tenían mas importancia que la totalidad de los artículos escritos, e impresos.


Eso si, jamás tomo parte alguna, en ninguna de ellas. Siempre, mero espectador de la noticia. Siempre espectador de la vivencia de los demás. Siempre, discretamente apartado, sin ser visto pero viendo.


Un día, ni frió ni calido, ni luminoso ni triste, ni bullicioso ni otoñal, un simple día normal, hablábamos en la barra Juanma, y este otro chaval… ¿si hombre, uno moreno que habitual-mente viene con la moza?


Bueno… ese,  cuyo nombre no logro recordar…

El caso es,  que  charlábamos sobre las ventajas y desventajas, del correo electrónico, y las nuevas tecnologías de la comunicación.


De cómo, una carta importante o banal, no necesitaba varios días para llegar a su destino. De cómo antes, un  mensaje en una botella era  lanzado al mar por algún naufrago desesperado y solitario, sin casi posibilidad de encontrar en este acto un atisbo real de respuesta. Y como ahora, ese mismo mensaje embotellado, puede ser mandado, desde feisbook, tuiter, o desde cualquier otro océano de ceros y unos, a ponerse en manos del azaroso destino, en busca de una respuesta vital.

Obteniendo,  ahora con casi total seguridad, algún tipo de respuesta, que en el fondo, te pudiera sacar de esa isla en la que te sabias  solo o perdido.


Todo esto con un simple click de ratón, y como bien apuntaba y recalcaba Juanma, pagando una nunca despreciable cuota de acceso, y otra, no menor inversión previa, en el aparato que te permitiese perderte, y a la vez ser encontrado con tanta facilidad.


Así paso ese día. Otro día. El, haciendo que leía, mientras en realidad, parecía encontrar la noticia importante en nuestra conversación.


Al día siguiente, otro día de esos sin nada especial que lo distinguiese, un día cualquiera mas, entro como siempre.

Café largo de café, con poco azúcar, acomodase en su mesa, pero sorpresa! De su zurrón, saco un portátil. Lo abrió con cierto miedo y por primera vez en nuestra vida, él, hizo uso y disfrute de la zona wiffi.


Allí estuvo él. Le observe. Parecía otro.

A la hora de marchar, a la misma hora de siempre, aproximadamente 45 minutos después de su primer sorbo de café, se levantó. Crucé con el la vista para despedirme con un leve gesto amistoso, cuando, para mi sorpresa, se dirige a mi y me pide otro café con leche largo de café.


Nunca lo había hecho. Nunca imagine que lo podía llegar a hacer.


Se lo sirvo. Sin moverse de la barra, abre el sobre de la azúcar, echa la mitad en la taza. Le da un sorbo. Levanta la vista. Horror en sus ojos.


_! He perdido mi rutina!


_No hombre, querrás decir que has salido de tu rutina.


_! He perdido mi rutina! Insiste.


_ De la rutina, creo yo en mi modesta opinión de camarero, se puede salir, iniciando con tu acción, una nueva rutina, de la que con el tiempo vas a tener que distraerte, inventando nuevas maneras de salir de ella. Pero no te engañes el hombre no puede vivir sin rutina…


Me miró con más terror en sus ojos.
No contestó.
No termino el café.
Se marchó, nunca volví saber mas de él.

El ritual de la rutina o rutina ritual, o guión para mantener una conversación con tu camarero, en tu cafetería. O lo que tu decidas, esta historia en el fondo ya es tuya.

© José Francisco Caso del Corro 2010

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Compendio artístico experimental promovido LAi MUSEUM como contribución a la celebración del Día Mundial de las Telecomunicaciones y Sociedad de la Información - Día de Internet 2010 impulsado en España por la Asociación de Usuarios de Internet (AUI) - Comisariado artístico: Klauss van Damme - Proyecto y Dirección: Begoña Muñoz.

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